Textos #SemanaArq2017 - "En el ciclo del crepúsculo", por Diego Carreño

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Compartimos el texto de Diego Carreño, que ya participo en la edición de 2015 con "Castillos en la arena", arquitecto madrileño, actualmente trabajando en Qatar, miembro de la Asociación de Arquitectos (aA) y articulista habitual en el Blog de la Fundación Arquia (y más cosas...). Gracias por tu texto.


En el ciclo del crepúsculo


A esas horas de la tarde, la brisa salada de poniente acentuaba su presencia. Era entonces cuando las olas comenzaban a lamer la base de la torre. La piedra en sus cimientos, en otros tiempos sólida y orgullosa, como cansada de soportar día tras días los embates de la marea, pareciera que hubiera comenzado a ceder deformándose y amoldándose a ese molesto e inoportuno batir del agua.

Él –todos en la villa le llamaban “viejo”-, con ojos ya ajados por los años, rostro surcado de profundas arrugas, contemplaba las más que evidentes concavidades de los cimientos, observando las coqueras que se habían convertido en hogar improvisado de ermitaños y diversos moluscos. Entre aquellas formaciones calcáreas, no faltaba el verdín propio de la humedad que había ido creciendo con más facilidad en los últimos tiempos.

Alzando la mirada pudo contemplar el resto de la construcción: un viejo faro que al perder el enfoscado que sin duda en otro tiempo lo cubría por entero, exhibía casi con pudor los secretos de su estructura. Ya de niño le gustaba imaginarse aventuras de piratas en las que “la torre” -como toda su pandilla denominaban aquella vieja fábrica de sillares y mampostería-, era el centro de las mismas. Claro que en aquel tiempo no sabía que se pudiera llamar así, como una fábrica. Tampoco lo sabe ahora, aunque este detalle poco importe.

Para él -viejo le llaman en la villa- le importaba que la torre y sus al derredores, donde antaño las tripulaciones imaginarias lanzaban andanadas igualmente imaginarias a enemigos no menos terribles e imaginarios, quedasen engullidos por el mar. Él se sabía viejo, pero la torre, antaño faro, había estado presente antes de que él llegase y presuponía que permanecería después de su partida. Se fijó en que poco o nada quedaba de la coronación, rota antaño por la fuerza del viento y del agua. Tras aquella noche de tormenta, las autoridades decidieron que haría falta un nuevo faro y éste fue levantado orgulloso y blanco. El viejo los contempla a los dos, apenas doscientos metros separados el uno del otro.

El viejo ya sabe cómo acabará, uno antes que el otro, cierto, pero la historia se repetirá. Quizás el nuevo faro durará más. Así lo prometieron los señores que vinieron durante la obra. No lo dudaba, pero tras los años, algún chaval de los que hoy juegan al fútbol en el arenal próximo, cuando ya tenga la cara surcada de arrugas, quizás contemplará los desconchones propios de la pintura sometida a las inclemencias y a la dejación del mantenimiento.

Él –“viejo”, le dicen- no sabe de asentamientos o de erosiones más allá de las coqueras de los ermitaños, pero intuye que aquel nuevo faro también se inclinará y cederá al empuje del viento o al lavado del subsuelo. Lo intuye y, en cierta medida, se tranquiliza al pensar que él vivió vecino una torre de piratas que pronto será un recuerdo mítico para la villa mientras que los niños de hoy juegan cercanos a una lanzadera espacial, que es lo que le ha contado su nieto. Porque intuye que cada construcción tiene su momento, y cada generación sus necesidades y sueños. Se alegra al pensar que pronto navegará por el horizonte como antaño sus tripulaciones.

Diego Carreño

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