Textos #SemanaArq2017 - "No pudo salir… No abría la puerta.", por Cristina Barrón Velasco

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Seguimos publicando esta serie de textos para la Semana de la Arquitectura con el que nos ha enviado la arquitecta Cristina Barrón Velasco desde Miranda de Ebro. Muchas gracias.


No pudo salir… No abría la puerta.


No pudo salir… No abría la puerta.

Nunca supimos el momento exacto, pero el jardín se fue secando, y se volvió gris. Las hojas que caían en otoño se iban acumulando y la pintura del patio estaba tan estropeada que se veía el ladrillo.

Nadie lo diría. Cuando llegaban visitas veían una casa fantástica, pintada de un blanco impoluto. Las ventanas de madera ahora eran amarillas, pero cada vez que las pintábamos cambiábamos su color. En la fachada principal se veía una casa cuidada y viva, que aunque dejaba ver el paso del tiempo, lo llevaba con dignidad. El salón daba a la calle principal, ahí se sentaban las visitas. Hacía años que habíamos tirado los muebles viejos del abuelo y lo habíamos decorado con muebles nuevos y de línea muy moderna, todo en blanco, gris y algún toque de rojo. Nadie pasaba a las habitaciones; daban a la parte trasera. Como nadie llegaba nunca allí, decidimos mantenerlas como estaban, incluso con los colchones de lana. Nadie nunca veía la parte de atrás, ni siquiera nosotros, porque la puerta para salir al patio no abría desde hacía años. Teníamos habitaciones de sobra, y las del primer piso ni siquiera se utilizaban habitualmente, así que por las ventanas se filtraba el aire, incluso alguna vez la lluvia. ¿A quién le importaba? La fachada delantera estaba impoluta y eso era lo importante. El Ayuntamiento ya había avisado que las calles principales tenían que estar bien mantenidas, y las fachadas bien cuidadas, y eso hacíamos. Atrás, tras la valla que cerraba el patio, había una ladera, así que nadie podía ver la fachada de atrás.

En realidad, hacíamos la vida en la planta baja, y en la calle. Hacía ya años que los veranos no eran como antes, y el pueblo, aunque con vida, no tenía el bullicio de los 90. Muchas casas estaban vacías, abandonadas, porque los nietos de los que fueron los propietarios, no querían saber nada. Los más pequeños se colaban en los edificios abandonados: ya se sabe, la emoción de lo desconocido. Siempre había algún hueco, alguna ventana sin cristal o alguna puerta rota. La madera crujía a cada paso y siempre había algún gracioso que pegaba el susto al resto. ¡Qué veranos aquellos!

No como la nuestra, claro. Hasta aquel miércoles. Sonó un crujido tremendo y luego un ruido que despertó a todo el pueblo. La fachada trasera de nuestra casa había desaparecido. El patio ahora era un vertedero de escombros. Del derrumbe, el forjado se había hundido y la fachada delantera se había resquebrajado… Fue a salir, por la puerta principal, corriendo, en pijama, y descalzo, pero no pudo. ¡Quién nos iba a decir, que nuestra impoluta fachada delantera iba a sufrir las consecuencias de aquello que nadie nunca veía!.

No pudo salir… No abría la puerta.

Cristina Barrón Velasco - @CristinArquitec

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